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“La bailarina”, más allá de la danza

La película evoca la vida de dos bailarinas Loïe Fuller e Isadora Duncan, que revolucionaron el mundo de la danza a finales del siglo XIX y principios del XX. Independientes y pioneras, vivieron abiertamente su sexualidad al igual que su danza, sin encorsetamientos

Madrid (EFE).- No tenía nada a favor para triunfar. Loïe Fuller (1862-1928) era “una granjera regordeta del Oeste americano” y sin embargo consiguió revolucionar el mundo de la danza a fuerza de trabajo y voluntad. Su vida llega ahora a la gran pantalla en la película “La bailarina”.
La actriz y cantante francesa Soko se pone en la piel de esta bailarina, coreógrafa, diseñadora, directora de escena, cineasta e investigadora incansable que dejó atrás su Illinois natal para convertirse en una estrella de los cabarés de la Belle Époque y llegar a bailar en la Ópera de París.

“La bailarina” muestra la vida de dos bailarinas icónicas

Fuller desarrolló su propia danza, en la que utilizaba un vestido especial, con cientos de metros de seda y varillas, efectos de iluminación -se acaba de inventar la bombilla- y hasta productos químicos, que creaban la ilusión de una mariposa serpenteante.
Llegó a contratar a 25 técnicos para mover todos los dispositivos en el escenario y hay quien la considera precursora del multimedia.
“Para mi es una revolucionaria, una vanguardista”, ha señalado a Efe Stéphanie di Giusto, fotógrafa y directora de arte que debuta detrás de las cámaras retratando a Fuller “como una boxeadora, en combate permanente”.
“Es alguien que se construye en el dolor y el combate, mezcla de fuerza y fragilidad; la libertad está llena de sacrificios y ella fue una mujer libre que no dejó de buscar perfeccionar su arte”, ha explicado.

 

la bailarina una película que cuenta el comienzo de la danza

EFE/CEDIDA POR VÉRTIGO FILMS

 

Aunque se relacionó con muchas personalidades de la época -desde Edison, con quien compartía sus investigaciones, a los Curie o Sarah Bernhardt- Di Giusto sólo incluye en el filme a otra grande de la danza, Isadora Duncan (Lily-Rose Depp), de quien Fuller se enamoró.
“Me interesaba esa relación pasional. Fuller descubre sus límites al conocer a Isadora. Ella necesitaba el artificio y de pronto conoce a esa mujer de 16 años que en sí misma crea emoción, tiene juventud, talento y gracia natural, todo lo que ella no tiene”, subraya.
La directora y guionista, que se ha basado en la autobiografía de ambas, toma claramente posición en contra de Duncan y de lo que considera una “traición” a Fuller, aunque también admite que la ayudó a desvelar su “feminidad”.

Soko y Lily-Rose Depp

“De Duncan me impresionó su narcisismo, recordemos que se hizo construir un templo en Grecia a su gloria”, señala.
La elección de Soko para el papel principal estaba clara desde un principio. “Quería a alguien fuera de la norma. Soko no tiene ese físico plano que vemos en las chicas de las revistas. Tiene su propia feminidad, puede ser espectacular y a la vez banal, y además es muy buena actriz”.
Soko se entregó por completo. No fue doblada en ninguna escena. Ensayó ocho horas al día durante dos meses con la ayuda de la coreógrafa y maestra estadounidense Jody Sperling.
En cuanto a la hija de Johnny Depp, Lily-Rose Depp llegó a través del cásting, pero Di Giusto vio en ella la misma “gracia” y “esa especie de abandono” que buscaba para Duncan.
Mélanie Thierry (“Un día perfecto”) y Gaspard Ulliel (“Saint Laurent”) completan el reparto de este filme que debutó en la sección ‘Un certain regard’ del pasado Festival de Cannes.

Dos bailarinas, dos mujeres, dos pioneras

La película evoca la vida de dos bailarinas antes que mujeres que revolucionaron el mundo de la danza a finales del siglo XIX y principios del XX. Independientes, pioneras, que vivieron abiertamente su sexualidad al igual que su danza, sin corsés.

La estadounidense Loïe Fuller, icono de la Belle Époque, emigró a París a finales del XIX para trabajar en el Folies Bergère donde creó la “Danse Serpentine”, una personalísima técnica que la convertiría en la representante del movimiento Art Nouveau y para la que ella creó su propio  escenario en el que se movía con un vestido de 350 metros de pesada seda que ondeaba sujetando unos largos palos, entre espejos y luces de colores. Un esfuerzo creativo y físico que la dejaba exhausta y la obligaba a tomar varios días de descanso entre actuaciones, de tal calibre que, al final, llegó a perder la vista por el calor de las luces químicas.

 

la bailarina cuenta la historia de Fuller y Duncan

EFE/CEDIDA POR VÉRTIGO FILMS

Isadora Duncan, como Fuller, emigró de EE UU a París para encontrar un lugar para su danza. El baile era para ella  “la expresión divina del espíritu humano”.  Se inspiró en la Grecia antigua para su escenografía y en los postulados de Fortuny para sus velos y túnicas. Vestidos de seda plisada considerados hoy por historiadores, coleccionistas y museos de todo el mundo como la manifestación y la encarnación de un arte en su máxima expresión: El traje como obra de arte, los vestidos Delphos, que sedujeron a mujeres de la talla de Duncan.

Creaciones de Fortuny para bailar

Bailarinas con sus característicos velos de seda que, con patrones asimétricos, eran el resultado de los primeros experimentos de Fortuny, que el humanista bautizó como velos Knossos, una mezcla entre toga y sari, de aproximadamente 4,50 de largo por 1,10 metros de ancho, que podía ser utilizado en un sinfín de maneras diferentes, lo que permitía una gran libertad de expresión y de movimiento para el cuerpo humano.

El Knossos le mostraría a Duncan como iniciar un díálogo natural y respetuoso entre el desnudo y el vestido porque lo primero que enseña el estudio del cuerpo humano es la necesidad de respetar el cuerpo, por lo que las bailarinas adornaban sus cuerpos con formas sencillas, mostrando que un vestido debe adaptarse a las formas de la anatomía sin ocultarla, alterarla o deformarla.

El vestido artístico, a diferencia de la moda predominante de la época, también poseía un aspecto teatral, escapista, una especie de máscara. Estética y racional, la vestimenta de las bailarinas incorporaba una cierta dimensión mágica, transformadora, más allá de los dominios de la realidad cotidiana. El vestido había asumido el poder del gran arte. EFE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Madrid (EFE).- No tenía nada a favor para triunfar. Loïe Fuller (1862-1928) era “una granjera regordeta del Oeste americano” y sin embargo consiguió revolucionar el mundo de la danza a fuerza de trabajo y voluntad. Su vida llega ahora a la gran pantalla en la película “La bailarina”.
La actriz y cantante francesa Soko se pone en la piel de esta bailarina, coreógrafa, diseñadora, directora de escena, cineasta e investigadora incansable que dejó atrás su Illinois natal para convertirse en una estrella de los cabarés de la Belle Époque y llegar a bailar en la Ópera de París.

“La bailarina” muestra la vida de dos bailarinas icónicas

Fuller desarrolló su propia danza, en la que utilizaba un vestido especial, con cientos de metros de seda y varillas, efectos de iluminación -se acaba de inventar la bombilla- y hasta productos químicos, que creaban la ilusión de una mariposa serpenteante.
Llegó a contratar a 25 técnicos para mover todos los dispositivos en el escenario y hay quien la considera precursora del multimedia.
“Para mi es una revolucionaria, una vanguardista”, ha señalado a Efe Stéphanie di Giusto, fotógrafa y directora de arte que debuta detrás de las cámaras retratando a Fuller “como una boxeadora, en combate permanente”.
“Es alguien que se construye en el dolor y el combate, mezcla de fuerza y fragilidad; la libertad está llena de sacrificios y ella fue una mujer libre que no dejó de buscar perfeccionar su arte”, ha explicado.

 

la bailarina una película que cuenta el comienzo de la danza

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Aunque se relacionó con muchas personalidades de la época -desde Edison, con quien compartía sus investigaciones, a los Curie o Sarah Bernhardt- Di Giusto sólo incluye en el filme a otra grande de la danza, Isadora Duncan (Lily-Rose Depp), de quien Fuller se enamoró.
“Me interesaba esa relación pasional. Fuller descubre sus límites al conocer a Isadora. Ella necesitaba el artificio y de pronto conoce a esa mujer de 16 años que en sí misma crea emoción, tiene juventud, talento y gracia natural, todo lo que ella no tiene”, subraya.
La directora y guionista, que se ha basado en la autobiografía de ambas, toma claramente posición en contra de Duncan y de lo que considera una “traición” a Fuller, aunque también admite que la ayudó a desvelar su “feminidad”.

Soko y Lily-Rose Depp

“De Duncan me impresionó su narcisismo, recordemos que se hizo construir un templo en Grecia a su gloria”, señala.
La elección de Soko para el papel principal estaba clara desde un principio. “Quería a alguien fuera de la norma. Soko no tiene ese físico plano que vemos en las chicas de las revistas. Tiene su propia feminidad, puede ser espectacular y a la vez banal, y además es muy buena actriz”.
Soko se entregó por completo. No fue doblada en ninguna escena. Ensayó ocho horas al día durante dos meses con la ayuda de la coreógrafa y maestra estadounidense Jody Sperling.
En cuanto a la hija de Johnny Depp, Lily-Rose Depp llegó a través del cásting, pero Di Giusto vio en ella la misma “gracia” y “esa especie de abandono” que buscaba para Duncan.
Mélanie Thierry (“Un día perfecto”) y Gaspard Ulliel (“Saint Laurent”) completan el reparto de este filme que debutó en la sección ‘Un certain regard’ del pasado Festival de Cannes.

Dos bailarinas, dos mujeres, dos pioneras

La película evoca la vida de dos bailarinas antes que mujeres que revolucionaron el mundo de la danza a finales del siglo XIX y principios del XX. Independientes, pioneras, que vivieron abiertamente su sexualidad al igual que su danza, sin corsés.

La estadounidense Loïe Fuller, icono de la Belle Époque, emigró a París a finales del XIX para trabajar en el Folies Bergère donde creó la “Danse Serpentine”, una personalísima técnica que la convertiría en la representante del movimiento Art Nouveau y para la que ella creó su propio  escenario en el que se movía con un vestido de 350 metros de pesada seda que ondeaba sujetando unos largos palos, entre espejos y luces de colores. Un esfuerzo creativo y físico que la dejaba exhausta y la obligaba a tomar varios días de descanso entre actuaciones, de tal calibre que, al final, llegó a perder la vista por el calor de las luces químicas.

 

la bailarina cuenta la historia de Fuller y Duncan

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Isadora Duncan, como Fuller, emigró de EE UU a París para encontrar un lugar para su danza. El baile era para ella  “la expresión divina del espíritu humano”.  Se inspiró en la Grecia antigua para su escenografía y en los postulados de Fortuny para sus velos y túnicas. Vestidos de seda plisada considerados hoy por historiadores, coleccionistas y museos de todo el mundo como la manifestación y la encarnación de un arte en su máxima expresión: El traje como obra de arte, los vestidos Delphos, que sedujeron a mujeres de la talla de Duncan.

Creaciones de Fortuny para bailar

Bailarinas con sus característicos velos de seda que, con patrones asimétricos, eran el resultado de los primeros experimentos de Fortuny, que el humanista bautizó como velos Knossos, una mezcla entre toga y sari, de aproximadamente 4,50 de largo por 1,10 metros de ancho, que podía ser utilizado en un sinfín de maneras diferentes, lo que permitía una gran libertad de expresión y de movimiento para el cuerpo humano.

El Knossos le mostraría a Duncan como iniciar un díálogo natural y respetuoso entre el desnudo y el vestido porque lo primero que enseña el estudio del cuerpo humano es la necesidad de respetar el cuerpo, por lo que las bailarinas adornaban sus cuerpos con formas sencillas, mostrando que un vestido debe adaptarse a las formas de la anatomía sin ocultarla, alterarla o deformarla.

El vestido artístico, a diferencia de la moda predominante de la época, también poseía un aspecto teatral, escapista, una especie de máscara. Estética y racional, la vestimenta de las bailarinas incorporaba una cierta dimensión mágica, transformadora, más allá de los dominios de la realidad cotidiana. El vestido había asumido el poder del gran arte. EFE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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