Una galesa descubre un mensaje de auxilio en la etiqueta de una prenda que se había comprado en Primark. EFE/ rbaUna galesa descubre un mensaje de auxilio en la etiqueta de una prenda que se había comprado en Primark. EFE/ rba
Un mensaje de auxilio

S.O.S en una etiqueta de ropa

Una galesa encuentra en la etiqueta de su nuevo vestido un mensaje de auxilio

Madrid, jun (EFE).- El precio económico de una prenda incita a su compra, aunque, detrás del típico chollo puede haber trampa, la calidad, por ejemplo, y hasta alguna forma de esclavitud, o al menos eso pensó una joven galesa, Rebecca Gallagher, cuando descubrió en las instrucciones de lavado de su vestido un mensaje de socorro.

“Obligados a trabajar durante horas agotadoras”, leyó estupefacta Gallagher en su nueva prenda, adquirida en la cadena irlandesa Primark, según ha desvelado el periódico South Wales Evening Post.

La noticia se ha convertido en la más compartida del muro de Facebook de la campaña Ropa Limpia, impulsada desde la ONG SETEM, “no sabemos si es una información real o un bulo, pero sirve para reflexionar sobre la realidad del sector textil que, en Vietnam, Camboya, Turquía o Rumanía condena a la pobreza a miles de personas”, dice a Efe Estilo Óscar Fernández, uno de sus portavoces.

El brillo, a veces una ilusión

“La cuestión no es el precio de la prenda, sino la repartición del beneficio, ya que solo un 1 o un 3 % del ingreso que supone una prenda va a parar a quien la produce”, advierte Fernández

El firmamento de la moda brilla con el glamur de los desfiles internacionales; con la sofisticación de las firmas más conocidas; con los “flashes” que iluminan a los grandes diseñadores o con los que parten de los teléfonos de las “celebrities” del momento en pleno lanzamiento de un “selfie”. Pero no es oro todo lo que reluce.

Detrás de esa galería se esconde, a veces, otra realidad menos espectacular que se traduce en trabajo infantil o en condiciones laborales que en Occidente se considerarían sino infrahumanas muy precarias, y que se establecen desde marcas “tanto de ‘low cost’ como de alta gama”, advierte Fernández, que deslocalizan la mano de obra para que la confección de los diseños sea más rentable.

Uno de los últimos azotes a las conciencias del primer mundo se produjo el año pasado con el derrumbamiento de un taller en Bangladesh -donde el sector textil juega un papel clave en la economía del país- en el que murieron “1.100 personas” según Setem, que tejían, como han reconocido las propias firmas que se mencionan a continuación, para El Corte Inglés, Primark, Loblaw o Group PWT.

Familiares de las víctimas mortales de Bangladesh lloran al recordar a sus seres queridos. EFE/ Abir

Familiares de las víctimas mortales de Bangladesh lloran al recordar a sus seres queridos. EFE/ Abir

Este accidente, el más grave de la industria textil, acercó la realidad de miles de trabajadores a la sociedad desarrollada e incluso a las propias firmas, que muchas veces contratan los talleres sin conocer demasiado lo que allí sucede, “en todo caso es su responsabilidad, para eso existen las auditorías y la política social corporativa”, defiende Óscar Fernández.

Usar, tirar

El caso de la compradora galesa es un aviso a navegantes que no llega en una botella, aunque parece igual de desesperado

La fiebre consumista establece unos hábitos de rápido consumo que apuestan por prendas que, seguramente, no durarán más de dos temporadas en un mismo armario; el ciudadano, por tanto, también tiene su cuota de responsabilidad en el asunto, aunque no siempre una camiseta barata esconde detrás un drama humano.

“La cuestión no es el precio, sino la repartición del beneficio, ya que solo un 1 o un 3 % del ingreso que supone una prenda va a parar a la persona que lo produce”.

El resultado, salarios ínfimos, horarios que superan el baremo de normalidad laboral establecido por la Organización Mundial del Trabajo – de 40 a 48 horas a la semana- y empobrecimiento, como les sucede a algunas trabajadoras de Camboya que, según relata Fernández, “caen desmayadas al no poseer una buena alimentación“.

No se sabe si el S.O.S que ha encontrado Rebecca Gallagher en su “top” de temporada es una petición de auxilio “o una estrategia de la competencia para desprestigiar a la multinacional que ha fabricado la prenda”, considera como posibilidad Fernández, pero lo cierto es que reabre una herida reciente desde la tragedia de la plaza Rana en Bangladesh, donde los trabajadores, hacinados en insalubres talleres, cobraban una media de 28 euros al mes.

Puede que, en un futuro no muy lejano, junto a las pasarelas reivindicativas de diseñadores pro medio ambiente como Vivienne Westwood, cuyas camisetas lanzan mensajes como “Climate” (clima) o “Save the planet” (salva el planeta), por cierto muy de moda, veamos otras en defensa de los derechos laborales o humanos, tan necesaria y digna.

El caso de la compradora galesa es un aviso a navegantes, solo que el mensaje esta vez no llega en una botella. Sin embargo, parece igual de desesperado. EFE.

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