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Javier Albisu nos cuenta la última tendencia desde París

Bustronome, un restaurante nómada en París

A bordo del Bustronome, un autocar de alta gama transformado en un restaurante nómada que recorre París. Sillones de cuero, moqueta champán y cuisine française para deambular cómodamente por los Campos Elíseos o la Ópera Garnier. Es el último grito

París (EFE).- Ya tengo controlado el autobús y a la tripulación. He saludado al chófer, he charlado con el cocinero y he cruzado varias sonrisas con el camarero. También he abierto varias puertas hasta encontrar el baño y el perchero (sin confundirlos) y he revoloteado por los 35 metros cuadrados de restaurante, toda la planta de arriba.

Satisfecho con mi expedición, me siento -impaciente- en una mesa para dos a mitad del vehículo. Acomodo mis bártulos y escruto al resto de comensales. Aunque hay espacio para treinta y ocho, solo somos unas quince personas, repartidas en seis mesas. De fondo se escucha música sosegada y conversaciones en inglés, francés y árabe. No nos conocemos, pero nos han dado cita junto al Arco del Triunfo.

Bustronome

Bustronome

Estamos a bordo del Bustronome, un autocar de alta gama transformado en un restaurante nómada que recorre París. Sillones de cuero, moqueta champán y cuisine française para deambular cómodamente por los Campos Elíseos, los alrededores del Museo del Louvre, la Ópera Garnier… Lo presentan como el último grito en la capital mundial del turismo, un híbrido de visita guiada y gastronomía, una fusión entre el Gourmet Bus que recorre Barcelona, los food-trucks de medio mundo, Le Trolley des Lumières de Lyon y los bateaux-mouches que surcan en Sena.

 Lujo en bus

“La idea es embarcar a los pasajeros y ofrecerles un menú gastronómico de alta gama en un autobús imperial mientras visitan los monumentos más importantes de París”, me dice Jean-Christophe Fournier, uno de los dos socios fundadores.

Al frente del autocar se sientan dos hombres y una mujer de unos cuarenta años. Se hacen fotos, bromean y brindan con champán. Al fondo, una pareja que roza los cincuenta se acurruca en una esquina y examina el menú: dos entrantes, pescado, carne y dos postres, un guiño a los productos locales elaborado por el chef Vincent Thiessé.

Nuestro bloguero en París, Javier Albisu

Nuestro bloguero en París, Javier Albisu

Entre medias viajamos los demás, sin invadirnos. He terminado el cóctel de gambas con tabulé de verduras y el foie gras de pato y me entretengo manipulando el ingenioso soporte de metacrilato que evita que mi copa de Pouilly-fumé se deslice por la mesa. La lubina al romero acaba de aterrizar en mi mesa.

Cenar entre historia

Mientras me empleo con el pescado y el blanco de Borgoña, me canso de apretar botones y me resigno a pedirle al camarero que me explique cómo funciona el sofisticado bolígrafo LED que tengo entre las manos. Lo activa, me enseña a valerme por mi mismo con el aparato y se va. No puedo compartir con él mi gozo cuando logro que asome por el audífono la voz vaporosa de un narrador de mediana edad. El desconocido me recuerda que la Torre Eiffel, a la que nos acercamos a diez kilómetros por hora, alcanza los 301 metros de altura. Y que existió un tiempo lejano en el que dominó la Tierra. Al cabo de dos minutos, el señor se calla.

Bustronome

Bustronome

Noche cerrada de comienzos de noviembre, la torre centellea a las ocho en punto de París y el Bustronome arranca de nuevo, con mucha más suavidad de la que mi estómago esperaba. Dejamos la Explanada de los Derechos Humanos para contemplar ahora el eterno emblema de París desde los Campos de Marte. De cerca, de lejos, de frente, de lado, por debajo… Empiezo a temer que la Dama de Hierro nos denuncie por acoso. Respiro aliviado cuando compruebo que ponemos rumbo al Museo de Orsay.

La elegancia no se puede comprar, pero la exquisitez se ofrece en alquiler. A cambio de 125 euros en la versión más sibarita, y 65 euros en la más económica, se puede disfrutar de un pellizco del afamado refinamiento francés. Y si alguien quiere lujo a puñados, puede reservar el autobús al completo y elegir el itinerario y el menú. Se negocia alrededor de los 4.000 euros.

Próxima parada, la Catedral de Notre-Dame con babilla de ternera asada y puré de patata con zumo de zanahoria en salsa virgen regado con Crozes Hermitage del 2011.

Bustronome

Bustronome

Si los laberintos administrativos no hubieran entorpecido la operación, el Bustronome recorrería ahora las calles de Madrid. La española Ayats ensamblaba en Gerona el autocar por encargo de Julià Travel, que gestiona el Gourmet Bus de Barcelona, un concepto de visita muy similar pero que no sirve comida en movimiento. La firma quería lanzar una réplica en la capital, pero el proyecto se fue a pique.

Dos franceses y un prototipo

Dos franceses, Jean Christophe Fournier y Bertrand Mathieu, sacaron el vehículo del taller, lo remataron con acabados de alta gama, lograron homologarlo en Francia y lo han puesto a circular por París, en paseos de dos horas y media durante el almuerzo y la cena.

“Aunque teníamos puestos intelectualmente interesantes, nos cansamos de ser asalariados, de trabajar para otros”, me explica Fournier, que se define como un bon vivant.

Antaño empleados en las tripas de la banca de inversión, estos emprendedores conversos de 37 y 46 años pasean su restaurante de seis ruedas y techo acristalado por La Ciudad de la Luz. Inaugurado a principios de octubre, Fournier y su socio Mathieu creen que el Bustronome ha tenido buena acogida entre el público y también entre los operadores turísticos y los organizadores de congresos y seminarios. Pero aún no tienen perspectiva para sacar conclusiones.

Si el prototipo se demuestra rentable, multiplicarán los vehículos en París y diseñarán otros para lanzarse la conquista de Nueva York, Londres o Dubai. La idea no se puede proteger. Su única carta bajo la manga es que llevan un año y medio de ventaja a posibles competidores, el tiempo que han tardado en desarrollar el proyecto, encontrar financiación y ponerlo a punto.

Les vaya bien o mal, el mundo ya tiene dos banqueros menos y dos gastrónomos más.EFE

 

 

 

 

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